viernes, 23 de agosto de 2013

La felicidad de la imperfección

Corremos en busca de objetos, situaciones, experiencias, personas y lugares idílicos y perfectos. (Cuánto daño han hecho el cine, la literatura barata y los gigantes del mundo del consumo).

Corremos -estúpidos hombrecillos teledirigidos- buscando una perfección imposible. Ser perfecto es imposible. Parecerlo, un asco, una putada. A vosotros, los que lo parecéis,  no se os permitirá ni el más mínimo error.  Pues esa carrera, esa multitudinaria y ridícula prueba seudo voluntaria, está meticulosamente vigilada por jueces impíos, impasibles e implacables, que al más mínimo fallo, te mandan asaetear y arrojar a la cuneta como un simple despojo.

Da igual los muchos y buenos que hayan sido los logros obtenidos y las virtudes reconocidas a lo largo de los muchos kilómetros recorridos. No promedian. No perdonan. A los ojos de un arrogante, ante su fatuo entender, nada será suficientemente bueno.

Pues ahí andamos... Perdón, corremos!  Para acabar exhaustos ante una meta que no es otra que un espejo que nos devuelve nuestro famélico reflejo. Somos idiotas.

Imperfecta, mediocre, vulgar incluso, no corro más, salvo por mi playa y campo traviesa, y solo y exclusivamente para revitalizar cuerpo y mente. Lejos, muy lejos de tanto desconcierto;)

Francesca Woodman© – Self-Deceit 1 Rome 1978