martes, 25 de febrero de 2014

“Donde no puedas amar, no te demores”




Donde el sentir se raciona, donde la impotencia te hace gritar de rabia, donde no responden o donde el silencio y la distancia se anteponen al amor, para qué demorarse. 



El encuentro casual con esta lúcida y rotunda frase de Frida Kahlo,  me ha llevado a sumergirme, una vez más y por un buen rato, en su vida y obra.

Una niña a la que llamaron Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, nacida en el pueblo mejicano de Coyoacán, un 6 de julio de 1907, creció enamorada de la vida,  a pesar de las duras zancadillas que esta le puso. 

Siempre es interesante perderse en personajes tan peculiares, tan distintos, raros, extraños, atípicos y geniales como Frida.




Por algo es una de las pintoras más reconocidas de todos los tiempos.  Libre, autosuficiente, despojada de tabúes, de prejuicios, de convencionalismos, de remordimientos y de miedos, fue una adelantada a su época que acabó convirtiéndose en  paradigma, símbolo y bandera de un nuevo tipo de mujer.


Admirada por Picasso, Kandinsky, Duchamp, André Bretón; amada por el pintor Diego Rivera, por el revolucionario León Trotsky, quizás también por la cantautora Chavela Vargas o la pintora Georgia O’Keefe, y -seguro- por otros tantos consentidos amantes de ambos sexos; entre la cordura y el delirio, entre el amor y el sufrimiento, sus obras son su legado, una  autobiografía en imágenes cargadas de simbolismo, de surrealismo, de expresionismo, de amor, de sufrimiento y de pura vida.

La columna rota 1944

Las dos Fridas 1939

Autorretrato con collar de espinas 1940

El venado herido 1946

Para ella, La llorona: